El villano escondido del mundo industrial.

EL ESCENARIO

Tomemos un par de minutos para visualizarnos como un trabajador de una importante empresa en la industria manufacturera.  Estás en la mitad de tus veintes. Ya habías pasado por varios trabajos similares pero llevas ya un tiempo en este y te has adecuado perfectamente. Crees que has dado en el blanco: horarios flexibles que pasan rápidamente por el ligero ambiente, una buena paga que te permite pagar las cuentas e incluso ahorrar un poco y ya es difícil que un inconveniente te sorprenda. Hoy te han asignado a una línea de empaquetado a la cual no estás acostumbrado. No conoces la razón pero en todos los puestos de trabajo la metodología funciona de forma idéntica por lo que no hay mucho para reprochar.




 Es casi el fin de la hora del almuerzo. Hasta ahora todo ha fluido de maravilla. Decides adelantarte a tu puesto de trabajo para monitorear el proceso y descubrir que la máquina de empaquetado se ha atorado. No es inusual. Sabes ya que basta con detener el proceso y ajustar la posición del producto dentro de la máquina. Procedes a apagar la máquina, te diriges a su entrada e introduces cuidadosamente tu brazo para arreglar la fa-Un fuerte sonido te interrumpe. La temperatura se torna fría. Tu visión borrosa. Un grito espantado suena a lo lejos. Sabes lo que ha sucedido pero te niegas a aceptarlo. Lentamente retiras tu mano del interior de la máquina para descubrir una mano llena de sangre y un par de dedos amputados. Sabes que las cosas están a punto de cambiar.

Parece una historia sacada de la más burda película estilo gore del momento. Sin embargo, para el irlandés Hugh O’ Carrol 1, así como para más de 300 millones de trabajadores anualmente 2, esta historia es escalofriantemente real.


EL VILLANO ESCONDIDO
 

La respuesta humana automática a la catástrofe es tratar de encontrar al villano de la historia. ¿Es acaso culpa de los compañeros de trabajo que encendieron la máquina? ¿O es acaso culpa de un malintencionado empresario que se niega a invertir en el mantenimiento del aparato? ¿Quizás nuestro protagonista no es el espécimen más avispado? Es más fácil concentrar todas nuestras inseguridades en un núcleo al que llamar adversario: personificar la maldad. Esto solo nos aleja del verdadero detonante: la falta de flujo de información.

Propongo diversas formas, desde un punto de vista operacional, para evitarles a los allegados el mal rato. Primero, dado que la línea recibió a un recién llegado, explicarle el procedimiento específico que se sigue en estos casos es una opción. De igual manera, dado que nuestro protagonista anunciase la acción que decidió tomar, se podrían haber tomado acciones preventivas. De hecho, bastaba con informar tan solo a un compañero para que velase por la seguridad del perjudicado. Todas opciones sencillas y eficaces que comparten una característica en común: que caen en el vicio de la sobreinformación

Me explico. Para un sistema complejo, como lo son las operaciones en una empresa manufacturera, los inconvenientes hipotéticos que pueden llegar a suceder son incontables. Vale tanto indicarle al trabajador forastero qué suele realizarse en cada procedimiento posible, como el hecho de que uno de sus nuevos copartícipes es alérgico a un muy específico tipo de fruto seco. Ni el locutor tiene una visión completa de la situación como para prever cualquier error, ni el receptor cabeza para retener todo posible escenario. ¿Cómo casar entonces las aparentes contrarias ideas de liberar toda la información sin sobrecargarnos?


LA SOLUCIÓN
 
"La realidad es que el medio de información más detallista y confiable son las firmas de derecho"
 
Si no es posible atacar al sistema completo, la siguiente mejor solución es concentrarnos en los problemas ya conocidos. Aprender de los errores cometidos. Pero, al igual que el empleado que puede encontrar a un villano en el negligente que enciende una máquina de empaquetado, el público lo encuentra en un jefe deshumanizado y el jefe en un público que puede destruir su negocio y reputación. Esta afirmación, que desde una visión conservadora es propia de un arrebato delirante emocional post era industrial, está vigente. Basta con exponerse a la información respecto a los accidentes industriales para descubrir que no está ahí. Son simples cifras insustanciales, que como afirma la ILO: “no reflejan del todo la magnitud del problema ni el impacto real que tienen los accidentes del trabajo y las enfermedades profesionales en los trabajadores, en sus familias y en la economía”2. Si esta nota es introducida a través de una historia con un tono tan trágico y avanza a través de afirmaciones hipotéticas, no es debido a un interés amarillista del autor por despertar un morbo en el lector. La realidad es que el medio de información más detallista y confiable son las firmas de derecho, vendiendo sus servicios y pescando nuevas demandas. No es más alentador conocer que una considerable mayoría de estas historias finalizan inconclusas por acuerdos fuera de corte. 

 "Desde el trabajador de menor experiencia hasta el empresario de mayor nivel"

Es hora de acabar con el estigma. Los accidentes suceden y siempre sucederán. El método para enfrentar la problemática es a través de la transparencia. “(…) entender las dimensiones y las consecuencias de estos accidentes y enfermedades de modo que puedan servir para sustentar políticas y estrategias eficaces que mejoren la seguridad y salud en el lugar de trabajo2. Es responsabilidad de todos: desde el trabajador de menor experiencia hasta el empresario de mayor nivel. Nunca sabemos el alcance que puede llegar a tener una acción tan simple como mantener registro de las veces que sucede una avería aparentemente cotidiana en una máquina de empaquetado.

-Alejandro Estévez

1 Hrymak, Victor & Perez, Jose Damian. “The costs and effects of workplace accidents”. Dublin Institute of Technology 2007
2 Lora, Jesse. “Contar con datos precisos permitirá salvar vidas”. International Labor Organisation 2017

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